El País
17-9-2011 Estreno. Salió en DVD la comedia satírica y política alemana «Mi Führer» de Dany Levy
GUILLERMO ZAPIOLA
No debería ser tema de risa, pero es lo que intenta el director alemán Dany Levy con «Mi Führer», comedia macabra, satírica y política que ha sido lanzada en DVD.
Hay que reconocer que la idea básica tiene su gracia. Corre el año 1944, Alemania está perdiendo ostensiblemente la guerra, y Adolfo Hitler (Helge Schneider) se encuentra razonablemente deprimido. Las cosas llegan a tal punto que el líder nazi ni siquiera se siente con fuerzas para pronunciar en público uno de esos histriónicos, maratónicos, enérgicos discursos que fueran durante muchos años su marca de fábrica y que Chaplin parodiara con tanto talento en El gran dictador.
El tirano está sencillamente exhausto, ya no es capaz de aullar en público los discursos que su Ministro de Propaganda Joseph Goebbels (Sylvester Groth) le escribe esmeradamente, y necesita de un entrenador para recuperar su capacidad de comunicación con el pueblo alemán. Los actores que han colaborado previamente con él no están disponibles o no parecen capaces de ayudarlo, y a Goebbels no se le ocurre mejor idea que sacar a un famoso profesor judío de arte dramático (Ulrich Muehe) del campo de concentración donde se encuentra previsiblemente alojado para que sirva de mentor del alicaído Führer.
Alguien ha dicho que el film era una versión cómica y germánica de El discurso del rey, con las diferencias del caso. Una de ella es por supuesto el tono mismo, que oscila entre el sarcasmo y el disparate. Otras se producen a nivel de la anécdota. No era difícil sospechar que el profesor judío iba a intentar aprovechar la situación para librar al mundo de la plaga de Hitler, y al mismo tiempo salvar a su esposa en peligro. Era casi una consecuencia inevitable, también, que se desencadenara un mecanismo de creciente influencia del judío sobre el jerarca nazi, que el libreto anota con alguna sutileza.
Todo hay que decirlo, empero, y una de las cosas que corresponde señalar es justamente que la sutileza no es el tono predominante de la película. De hecho, y luego de haber tenido su idea central, los responsables de Mi Führer no parecen saber exactamente a dónde conducir su película, que oscila entre la ironía, la broma gruesa y el golpe y porrazo, a veces es eficaz y otras resbala hacia el chiste sin gracia.
En Alemania el film generó una polémica que puede entenderse pero que al mismo tiempo resulta escasamente exportable. Hubo grupos judíos que objetaron que un tema como éste pudiera ser tomado a broma, y hasta sostuvieron que la película cometía el pecado de «humanizar» a Hitler.
Esa polémica constituye, de hecho, una tormenta en un vaso de agua. Ciertamente el film no dice que Hitler y el nazismo fueran una sociedad de benefactores de la humanidad, y más que presentar a un protagonista complejo y matizado lo caricaturiza gruesamente, rasgo que no corresponde objetar en una comedia. En todo caso podría cuestionarse que los nazis del film parecen más ridículos que verdaderamente peligrosos, pero de ahí a sostener que se trata de algo así como propaganda nazi subliminal hay un trecho demasiado grande.
El problema con Mi Führer es más bien otro: se trata de la clase de película que uno desearía que le gustara más. Se queda, empero, a mitad de camino, ciertamente por encima de los tortazos que los Tres Chiflados propinaran a Hitler en un corto de 1940, pero también muy por debajo de los otros golpes (menos físicos) que Chaplin supo aplicarle en su brillante El gran dictador.
Que los alemanes sean capaces de revisar su trágico pasado con cierto espíritu irreverente debería ser reconocido, de todos modos. Y la película no carece de méritos parciales: los valores de producción están en su sitio, la recreación de época y la fotografía son algo a tener en cuenta, el elenco es realmente competente.
De hecho, la película se apoya fundamentalmente en sus intérpretes. Tiene lo suyo el Hitler de Helge Schneider (un comediante alemán de televisión que no gusta a todo el mundo), y hay igualmente dosis de fineza en el profesor Gruenbaum de Muehe y en el suave e inquietante Goebbels de Sylvester Groth. Otros personajes y otros actores tienen menos peso en el asunto: Ulrich Noethe no hace mucho más que circular haciendo el saludo nazi en su papel de Heinrich Himmler, Stephan Kurt va y viene como un Albert Speer menos «blanqueado» de culpa de lo que mucha literatura histórica posterior ha querido. Una curiosidad, por lo menos.
Cuando Hitler necesitó un entrenador
19/Sep/2011
El País, Guillermo Zapiola